Retratos de la mente. Fotos de un alma. Pinceladas de una musa. Trazos de una mujer en mi mente.
lunes, 12 de marzo de 2012
Un pequeño trozo.
Debo advertirle que esa cosa roja que tienes en tus manos y late le falta algo. Un pequeño trozo de mi corazón se ha perdido en el tiempo, en los años que ha sido un vago. En todas esas noches de soledad y hasta angustia. No es algo que vaya a recuperar y no creo poder hacerlo. Más aún, no quiero hacerlo. Es una cicatriz, un pequeño algo que me recuerda todo lo que he vivido, todo lo que he sufrido, todo lo que quedó atrás. Experiencia.
Un pequeño trozo de mi corazón está perdido en mi pasado. Pero yo te digo que no importa, que es una linda llaga, un perfecto imperfecto. Y me gusta que esté ahí recordándome las cosas que hice mal y que no debo repetir, que me recuerda que puedo ser fuerte.
Antes había un vacío también. Y mucho frío. De a poco voy llenando eso contigo, con lo que me das día a día. Y tu calor me mantiene a punto, tibiecito y feliz.
Gracias por cuidarlo. Gracias por querelo.
Todos los días me preocupo de cuidar el tuyo.
miércoles, 7 de marzo de 2012
Siesta.
Estar acostado en mi cama ya no es lo mismo. Estar ahí sin sueño, tranquilo, quizás escuchando música, mirando al techo, pareciera que le falta algo. Basta con girarme para darme cuenta que no estás ahí. Que hoy no puedo compartir con tu cuerpo y que estoy tranquilo. Girarme para dejar caer mi brazo porque no está tu cintura para abrazar.
Tomar una siesta ya no es lo mismo. Es algo más. Tomar una siesta solo tampoco, el recuerdo de tu presencia me acompaña y me alegra. Y a veces creo aún poder sentir tu aroma en mi almohada. Mejor ven para sentir tu calor, ven y tomemos una siesta juntos. Salgamos por ahí, conversemos de la vida, riamos. Comamos algo rico, dame besos después. Abrázame, que me gusta apretar tu cuerpo contra el mío. Llévame a un lugar que no conozco, llévame de la mano.
Los colores son más brillantes, los detalles más lindos.
Los abrazos son más cálidos y los besos más ricos.
Y cuando caiga la noche vamos a disfrutar un rato la luna. Ahí donde el mar se mueve tranquilamente y el frío nos obliga a apretarnos más. Luego vamos y tomamos otra siesta, vemos una película y nos vamos a dormir.
Estar acostado en mi cama ya no es lo mismo. Estar ahí, sin sueño, tranquilo, quizás escuchando música, mirando dentro de tus ojos, pareciera que no falta nada. Basta con sonreír para que me des un beso. Que hoy puedo compartir con tu cuerpo y que estoy tranquilo. Sonreír para que te aprietes contra mí y poder abrazar tu cintura.
Y me gusta sentir tu aroma. Y me gusta sentir tu calor. Y es que me gustas, y es que te quiero.
Tomar una siesta ya no es lo mismo. Es algo más. Tomar una siesta solo tampoco, el recuerdo de tu presencia me acompaña y me alegra. Y a veces creo aún poder sentir tu aroma en mi almohada. Mejor ven para sentir tu calor, ven y tomemos una siesta juntos. Salgamos por ahí, conversemos de la vida, riamos. Comamos algo rico, dame besos después. Abrázame, que me gusta apretar tu cuerpo contra el mío. Llévame a un lugar que no conozco, llévame de la mano.
Los colores son más brillantes, los detalles más lindos.
Los abrazos son más cálidos y los besos más ricos.
Y cuando caiga la noche vamos a disfrutar un rato la luna. Ahí donde el mar se mueve tranquilamente y el frío nos obliga a apretarnos más. Luego vamos y tomamos otra siesta, vemos una película y nos vamos a dormir.
Estar acostado en mi cama ya no es lo mismo. Estar ahí, sin sueño, tranquilo, quizás escuchando música, mirando dentro de tus ojos, pareciera que no falta nada. Basta con sonreír para que me des un beso. Que hoy puedo compartir con tu cuerpo y que estoy tranquilo. Sonreír para que te aprietes contra mí y poder abrazar tu cintura.
Y me gusta sentir tu aroma. Y me gusta sentir tu calor. Y es que me gustas, y es que te quiero.
jueves, 26 de enero de 2012
Cuento corto (2)
Resulta que un día decidí salir a caminar y me encontré con la grata sorpresa que esperabas micro justo donde yo debía hacerlo. Me sonrojé y escondí tras una palmera, esperando que no me hayas visto. Tomé mi celular y te mandé un mensaje: "¿Cómo esta el clima en el paradero?"
Resulta que tu respuesta, muy tranquila, fue: "No lo sé. Dímelo tu que sigues ahí :)"
Y por cabro chico llegue tarde a nuestra cita.
Resulta que tu respuesta, muy tranquila, fue: "No lo sé. Dímelo tu que sigues ahí :)"
Y por cabro chico llegue tarde a nuestra cita.
viernes, 20 de enero de 2012
Estaciones.
Te conocí cuando caía la primera hoja de otoño, y antes que esta tocara el suelo ya me gustabas.
Más de una vez caminamos a través del invierno y nunca nos capturó una fuerte lluvia.
No fue sino hasta primavera cuando floreció todo. No fue sino hasta mis 22 que disfruté la primavera.
Y el verano llegó para burlarse de mi. Y recién estamos a la mitad del verano.
Te di uno blanco en otoño y otro en cuanto empezaba el verano.
No puedo esperar a darte un abrazo como los que me dabas en primavera.
Lo mejor de la primavera era que, en mi soledad, brotaban las sonrisas, todo era más alegre, y recordaba de (algo de) ti y se me dibuja sola la sonrisa que me hacía ver como un estúpido y reía y era feliz.
Y justo cuando el sol empezaba a calentar ocurre que se nubla, se nubla durante días, semanas, las noches son heladas y todo se oscurece. Tan solo ocurre, sin previo aviso. Un verano distinto a los que estoy acostumbrado.
Resulta que viene el otoño. Y lo pienso así porque no quiero seguir en verano.
Siempre me gustó más el otoño. Incluso antes de que me gustases en ese otoño. Sólo me gustaría que lloviese más.
¿Y sabes qué? Me gustaría que todas las estaciones fueran mis favoritas, me gustaría tener un hermoso recuerdo tuyo en cada una.
Pero mirándolo desde otra perspectiva si lo hay.
Cine, Valparaíso, besos y música en el bosque.
Otoño, invierno, primavera y verano.
Ay, me hiciste sonreír. No queda otra que esperar.
Más de una vez caminamos a través del invierno y nunca nos capturó una fuerte lluvia.
No fue sino hasta primavera cuando floreció todo. No fue sino hasta mis 22 que disfruté la primavera.
Y el verano llegó para burlarse de mi. Y recién estamos a la mitad del verano.
Te di uno blanco en otoño y otro en cuanto empezaba el verano.
No puedo esperar a darte un abrazo como los que me dabas en primavera.
Lo mejor de la primavera era que, en mi soledad, brotaban las sonrisas, todo era más alegre, y recordaba de (algo de) ti y se me dibuja sola la sonrisa que me hacía ver como un estúpido y reía y era feliz.
Y justo cuando el sol empezaba a calentar ocurre que se nubla, se nubla durante días, semanas, las noches son heladas y todo se oscurece. Tan solo ocurre, sin previo aviso. Un verano distinto a los que estoy acostumbrado.
Resulta que viene el otoño. Y lo pienso así porque no quiero seguir en verano.
Siempre me gustó más el otoño. Incluso antes de que me gustases en ese otoño. Sólo me gustaría que lloviese más.
¿Y sabes qué? Me gustaría que todas las estaciones fueran mis favoritas, me gustaría tener un hermoso recuerdo tuyo en cada una.
Pero mirándolo desde otra perspectiva si lo hay.
Cine, Valparaíso, besos y música en el bosque.
Otoño, invierno, primavera y verano.
Ay, me hiciste sonreír. No queda otra que esperar.
sábado, 14 de enero de 2012
martes, 10 de enero de 2012
Hoja en blanco.
Llevo aproximadamente dos horas con esta página de blogger abierta mirando el blanco, el vació, la no falta de inspiración. Y es que tengo un cuento armado en la cabeza, pero no quiero escribirlo. Es básicamente parecido a mi día pero en una realidad alternativa, con un lindo departamento blanco en un cuarto piso y cuando el personaje cae rendido en su cama luego de la ducha ella le trata de subir el ánimo pero... Ahí viene la parte que no quiero escribir. Como todo lo que quería escribir hace horas, que me picaban los dedos. Pero no puedo, mi yo interno me dice que no lo haga, creo que me esconde algo.
Así que estoy en búsqueda de una historia para contar. ¿Quién me da un lugar y una situación? Cualquier cosa me sirve.
Así que estoy en búsqueda de una historia para contar. ¿Quién me da un lugar y una situación? Cualquier cosa me sirve.
jueves, 5 de enero de 2012
Llegada.
Y llegó a suceder que Eric se paró en la misma esquina, meses después, y se fumó un cigarro apoyado en ese poste. Y miró pasar los autos, esperando, impaciente y ansioso. Nada pasó. Ninguna cara conocida se bajó de ningún auto conocido, sentía que no pertenecía ya a este mundo, se sentía agobiado y la impaciencia no lo dejaba.
Día a día y como estúpido miraba desde el poste por si volvía. Por si, al menos, podría confundirla para tener un ápice de esperanza.
Y así pasaron ciento dos días. Ciento un cigarros y millones de autos. Unos cuantos litros de alcohol. Cien canciones tristes para guitarra y unas seis canciones para llorar. Eric nunca perdió la esperanza ni la paciencia pero tampoco la ansiedad ni la impaciencia. Tampoco perdió el cuchillo y tenía miedo de conocer un nombre que le diera uso. Y así pasaron días que sentía como meses.
Ese día tocaron su hombro, preguntando la hora, respondió sin mirar más que el celular que apenas asomaba de su bolsillo. Ella reconoció la voz de Eric pero no dijo nada, tampoco se fue del lugar. Quedó del otro lado del poste y se apoyó en la misma posición que estaba él, inconscientemente. Eric sacó un cigarro, el número ciento dos y ella sintió esa particular combinación del olor del cigarro con el olor del perfume de Eric, pero había algo distinto en el aire. Y ambos sabían que era la incomodidad de saber que los dos estaban allí pero no podían hablar, no se podían ni mirar.
Como poseído, Eric prendió otro cigarro aún cuando no había terminado el que iba fumando, botó el viejo y se giró. Se dio un ligero golpe en la frente contra el poste, quemó una vez y tomó la mano de ella sin decir palabra. Y así caminaron a paso apurado durante veinte minutos hasta llegar al mismo lugar donde se habían dado el primer beso, Eric se tendió allí y se tapó la cara hasta la punta de la nariz con el gorro que siempre llevaba en invierno, ella no dijo nada y se apoyó en el pecho de él a escuchar su corazón, a sentir su calor, a hablar sin pronunciar palabras. La luna daba un impresionante espectáculo de luz blanca y el mar acariciaba los oídos de los amantes distanciados.
En cuanto Eric abrió la boca para hacer la maldita pregunta, ella le dio un beso.
Nada se dijo hasta el otro día.
Día a día y como estúpido miraba desde el poste por si volvía. Por si, al menos, podría confundirla para tener un ápice de esperanza.
Y así pasaron ciento dos días. Ciento un cigarros y millones de autos. Unos cuantos litros de alcohol. Cien canciones tristes para guitarra y unas seis canciones para llorar. Eric nunca perdió la esperanza ni la paciencia pero tampoco la ansiedad ni la impaciencia. Tampoco perdió el cuchillo y tenía miedo de conocer un nombre que le diera uso. Y así pasaron días que sentía como meses.
Ese día tocaron su hombro, preguntando la hora, respondió sin mirar más que el celular que apenas asomaba de su bolsillo. Ella reconoció la voz de Eric pero no dijo nada, tampoco se fue del lugar. Quedó del otro lado del poste y se apoyó en la misma posición que estaba él, inconscientemente. Eric sacó un cigarro, el número ciento dos y ella sintió esa particular combinación del olor del cigarro con el olor del perfume de Eric, pero había algo distinto en el aire. Y ambos sabían que era la incomodidad de saber que los dos estaban allí pero no podían hablar, no se podían ni mirar.
Como poseído, Eric prendió otro cigarro aún cuando no había terminado el que iba fumando, botó el viejo y se giró. Se dio un ligero golpe en la frente contra el poste, quemó una vez y tomó la mano de ella sin decir palabra. Y así caminaron a paso apurado durante veinte minutos hasta llegar al mismo lugar donde se habían dado el primer beso, Eric se tendió allí y se tapó la cara hasta la punta de la nariz con el gorro que siempre llevaba en invierno, ella no dijo nada y se apoyó en el pecho de él a escuchar su corazón, a sentir su calor, a hablar sin pronunciar palabras. La luna daba un impresionante espectáculo de luz blanca y el mar acariciaba los oídos de los amantes distanciados.
En cuanto Eric abrió la boca para hacer la maldita pregunta, ella le dio un beso.
Nada se dijo hasta el otro día.
martes, 3 de enero de 2012
Escape.
En cuanto perdió de vista al auto siguió caminando pero no iba a su casa, buscaba un hogar. Eric sólo buscaba paz, no importaba que hubiera una cama, no importaba que no hubiera un baño, no importaba que no hubiera techo y que estuviera lloviendo, mejor que estuviera lloviendo. Eric había estado tan feliz ese día que quería extenderlo para toda la vida pero sabía que todo se iba en ese auto y que no volvería. Eric sabía que debía huir.
Y así fue como tomó una micro que nunca había visto antes. Se sentó, se puso los audífonos y olvidó lo que pasaba a medida que la música silenciaba su cerebro. Pronto cayó dormido.
Soñó cosas raras, vio cómo una pareja era devorada por un lobo, vio una nube perseguir a una mujer impidiéndole ver el cielo, vio un hombre saltar de un edificio pero que nunca llegaba al suelo; Pero su sueño más raro fue verse a si mismo en un espejo, con una máscara que cubría la mitad de su cara, y ese fue el único que pudo interpretar ya que, por más que intentaba, no podía sacarse la máscara. Y era que él no quería sacarla realmente, nunca estuvo pegada a él, pero de todas formas podías ver lo que expresaba. Eric sabía que no debía sacarla.
Despertó cuando le agitaban el hombro, bajó medio dormido y en cuanto se sacó los audífonos vio cómo la micro partía. Era un lugar totalmente nuevo, desconocido y brillante a la vez. Brillante en su mente, era un bosque alto y viejo, un camino de tierra y todo era opaco, otoñal y triste, pero él se sentía a gusto allí. Acomodó su mochila y se dispuso a caminar; Y lo hizo en sentido contrario al que tomó el bus. No duró mucho cuando decidió adentrarse entre el bosque.
Caminó por una hora cuando notó que había dado con otro camino, se preguntó si era el mismo y decidió seguirlo con la esperanza de encontrar lo que buscaba. Atento a su alrededor y, camuflado en el ambiente sombrío y hermoso, encontró una bodega. Tablas a medio podrir, techo agujereado y una capa de hojas que tenía más de cuatro pulgadas de espesor. Limpió con los pies su camino y entró.
Logró distinguir una mesa, una pila de tierra que estaba cubierta de hojas que caían desde el hoyo del techo que, por cierto, le daba suficiente luz para guiarse, y una silla que estaba tirada al otro lado del lugar. Se sintió aliviado de poder echar a descansar los huesos y, casi de inmediato, se quedó dormido en la pila de hojas. Cuando despertó se sintió tan descansado que creyó que había dormido una larga siesta y, no fue sino hasta que vio su reloj, notó que había estado allí un día y medio completo. Durmiendo. Eric se sintió aliviado de que no tenía nada que hacer salvo pensar.
Recorrió el lugar, tomó la silla que aún servía y la llevó a la mesa, y ahí fue cuando se dio cuenta de que había un cuchillo clavado en la mesa. Lo raro es que el cuchillo no parecía tener más de un mes allí, no estaba más descuidado que una capa de polvo. Lo sacó y notó la inscripción que lucía.
"Bienvenido extraño. Siéntete como en casa y no dudes usar esta herramienta para alimentarte o para cuando te des cuenta que aquello de lo que arrancas no volverá"
Eric llegó a vivir una semana allí y su mochila fue encontrada tres meses después.
Y así fue como tomó una micro que nunca había visto antes. Se sentó, se puso los audífonos y olvidó lo que pasaba a medida que la música silenciaba su cerebro. Pronto cayó dormido.
Soñó cosas raras, vio cómo una pareja era devorada por un lobo, vio una nube perseguir a una mujer impidiéndole ver el cielo, vio un hombre saltar de un edificio pero que nunca llegaba al suelo; Pero su sueño más raro fue verse a si mismo en un espejo, con una máscara que cubría la mitad de su cara, y ese fue el único que pudo interpretar ya que, por más que intentaba, no podía sacarse la máscara. Y era que él no quería sacarla realmente, nunca estuvo pegada a él, pero de todas formas podías ver lo que expresaba. Eric sabía que no debía sacarla.
Despertó cuando le agitaban el hombro, bajó medio dormido y en cuanto se sacó los audífonos vio cómo la micro partía. Era un lugar totalmente nuevo, desconocido y brillante a la vez. Brillante en su mente, era un bosque alto y viejo, un camino de tierra y todo era opaco, otoñal y triste, pero él se sentía a gusto allí. Acomodó su mochila y se dispuso a caminar; Y lo hizo en sentido contrario al que tomó el bus. No duró mucho cuando decidió adentrarse entre el bosque.
Caminó por una hora cuando notó que había dado con otro camino, se preguntó si era el mismo y decidió seguirlo con la esperanza de encontrar lo que buscaba. Atento a su alrededor y, camuflado en el ambiente sombrío y hermoso, encontró una bodega. Tablas a medio podrir, techo agujereado y una capa de hojas que tenía más de cuatro pulgadas de espesor. Limpió con los pies su camino y entró.
Logró distinguir una mesa, una pila de tierra que estaba cubierta de hojas que caían desde el hoyo del techo que, por cierto, le daba suficiente luz para guiarse, y una silla que estaba tirada al otro lado del lugar. Se sintió aliviado de poder echar a descansar los huesos y, casi de inmediato, se quedó dormido en la pila de hojas. Cuando despertó se sintió tan descansado que creyó que había dormido una larga siesta y, no fue sino hasta que vio su reloj, notó que había estado allí un día y medio completo. Durmiendo. Eric se sintió aliviado de que no tenía nada que hacer salvo pensar.
Recorrió el lugar, tomó la silla que aún servía y la llevó a la mesa, y ahí fue cuando se dio cuenta de que había un cuchillo clavado en la mesa. Lo raro es que el cuchillo no parecía tener más de un mes allí, no estaba más descuidado que una capa de polvo. Lo sacó y notó la inscripción que lucía.
"Bienvenido extraño. Siéntete como en casa y no dudes usar esta herramienta para alimentarte o para cuando te des cuenta que aquello de lo que arrancas no volverá"
Eric llegó a vivir una semana allí y su mochila fue encontrada tres meses después.
jueves, 15 de diciembre de 2011
Hay un rey en mi balcón.
Llegó ahí simplemente y no me quiere dirigir la palabra. Parece mudo e inmóvil y a la vez amenazante y con suerte. Señor rey, ¿qué hace mirándome desde su rincón? Pareciera cuestionar todos mis actos mas no me dice nada, no me critica ni me orienta, ¿cuál es vuestro propósito? Pareciera ser que sólo quiere intimidarme, sólo quiere hacerme ver lo que hago, producirme un cargo de conciencia. Señor rey, yo le digo que estoy convencido que lo que hago lo hago por mi bien y por quienes me rodean, por quienes quiero. Si he hecho ciertas cosas, si no he hecho otras, es porque creo que es lo correcto. Usualmente creo que es así pero, ¿por qué me miras con esa cara de indiferencia? ¿Qué he hecho yo para merecer el desprecio vuestro?
Dime rey, ¿qué, en tu sabiduría, hubieras hecho en mi lugar? Dime, cuéntame una historia de vuestro pasado. Hazme ver que lo que hago es erróneo o dame vuestro apoyo y bendición. No espero otra cosa sino que todo salga bien y, ¿no es eso de lo que se trata el amor? ¿Buscar la felicidad del amado? Yo quiero mucho a mis amigos para hacer algo que vaya en contra de lo que les haga ver la luz, la felicidad, la clarividencia. Pero dime rey, desde vuestra sabiduría, experiencia, historias de vuestros súbditos, ¿hasta qué punto la felicidad propia es sacrificable? Dime rey, conocedor de leyes y vivencias, ¿qué más puedo hacer sino ponerme a un lado? Y te digo ahora mismo, no es lo que yo quiero. Quiero ponerme en frente de mis amigos y decirles que creo firmemente que lo que hacen no está bien pero, ¿cómo puedo hacerlo? Tengo claro que mi verdad no es absoluta y que todas las visiones son aceptadas. ¿Basta con ver el problema desde otro punto de vista? ¿Cuántas verdades tengo que escuchar para convencerme?
Dime rey, ¿qué, en tu sabiduría, hubieras hecho en mi lugar? Dime, cuéntame una historia de vuestro pasado. Hazme ver que lo que hago es erróneo o dame vuestro apoyo y bendición. No espero otra cosa sino que todo salga bien y, ¿no es eso de lo que se trata el amor? ¿Buscar la felicidad del amado? Yo quiero mucho a mis amigos para hacer algo que vaya en contra de lo que les haga ver la luz, la felicidad, la clarividencia. Pero dime rey, desde vuestra sabiduría, experiencia, historias de vuestros súbditos, ¿hasta qué punto la felicidad propia es sacrificable? Dime rey, conocedor de leyes y vivencias, ¿qué más puedo hacer sino ponerme a un lado? Y te digo ahora mismo, no es lo que yo quiero. Quiero ponerme en frente de mis amigos y decirles que creo firmemente que lo que hacen no está bien pero, ¿cómo puedo hacerlo? Tengo claro que mi verdad no es absoluta y que todas las visiones son aceptadas. ¿Basta con ver el problema desde otro punto de vista? ¿Cuántas verdades tengo que escuchar para convencerme?
Dime rey, desde tu trono, aquel rodeado por verdes árboles e interminables praderas de tréboles, desde donde has visto nacimientos, desde donde has visto derrames de sangre, desde donde el tiempo no pasa y pasa en vano, ¿qué es lo correcto? ¿Qué es lo que realmente debo hacer? Tantas preguntas moran en mi mente y tan solo quiero morir en sus brazos, dime rey, ¿qué debo hacer? No te pido una orden, quiero un consejo ya que ninguno de los que he oído me convence, siento que sus visiones están cargadas de desconocimiento y no hay quién de su lado me de una opinión, ¿es acaso que no la he buscado? Yo sé que no quiero hacerlo, sé que podría causar más problemas que soluciones.
Tengo miedo rey. Tengo miedo. No quiero que el agua escurra entre mis dedos, no quiero dejar de apretar. Quiero una palabra de consuelo, un consejo verdadero e imparcial, un abrazo y que la tristeza se vaya de mi corazón. Quiero que mis amigos hagan lo correcto y poder aceptar que lo que hacen está bien, pero cuesta demasiado. ¿Por qué no puedo yo ser rey? Ay rey, yo sé que esa pregunta no debí haberla hecho, sé que me faltan miles de experiencias que oír y vivir antes de siquiera poder hacer esa pregunta pero, ¿por qué haces ver todo tan fácil?
Hay un rey en mi balcón. Es un rey de tréboles y no es más grande que la palma de mi mano pero me intimida. Sé que su historia es más grande que la mía porque sólo es un reflejo de lo que solía ser.
Dime rey, dime que lo que hago es lo correcto.
miércoles, 14 de diciembre de 2011
Dame un beso.
Dame un beso, estamos solos. No abras los ojos, no le creas a tus oídos, llena tu cabeza con una linda canción. Estamos solos, omite a toda esa multitud pasajera que nos rodea, ¿qué importa lo que piensen? ¿Qué importa?
Dame un beso, de esos que extraño, de esos ricos besos que sólo tú sabes darme. Esos que me hacen sonreír, esos que me das mientras me sonrío y no te los respondo, pero sabes que me encantan.
Dame un beso, de esos que me dan alegría. No puedo dejar de pensar en ellos y es una de las cosas que más extraño. Esa alegría que me entregas cuando nos juntamos, pequeñas caricias que me encanta darte, lo nerviosa que te pones cuando las respondes.
Dame un beso. Sólo uno, pero uno largo, uno que dure hasta la próxima vez que te vea, cuando te pueda dar otro.
Dame un beso. No, dame muchos besos, de esos pequeños y tiernos que son casi fugaces, casi intangibles, pero que se sienten en el corazón.
Dame un beso, uno en la mejilla, uno en la pera, uno en la frente, uno en el cuello. Mejor varios en el cuello. Uno que otro en la oreja.
Dame un beso lento, un beso sexy, un beso que estremece tu cuerpo y te dan ganas de acelerar pero no lo haces, disfrutas. Acelera, cómeme, siente cómo se agita tu respiración, siente mis manos en tu cintura y en tu espalda, ven, entrégate al placer de este beso, olvida todo que nada más importa en este momento. Muérdeme y dime con gestos que quieres cada vez más, guíame y no pares. No dejes de hacerlo.
Dame un beso, deja de dármelo y mírame a los ojos. No te muevas, mírame. Siente cómo mi alma te da un beso en la frente, siente cómo mis ojos me regalan la bella imagen de tu rostro, la bella imagen de la mujer que quiero. Mírame y siente por qué te quiero tanto. Mírame y no te pongas nerviosa, relájate, que te quiero.
Dame un beso, mejor di que me lo prestas, así te tengo que dar uno de vuelta.
Dame un beso y no dudes en pedirme a mi lo mismo. Que tengo muchos para darte.
Dame un beso, de esos que extraño, de esos ricos besos que sólo tú sabes darme. Esos que me hacen sonreír, esos que me das mientras me sonrío y no te los respondo, pero sabes que me encantan.
Dame un beso, de esos que me dan alegría. No puedo dejar de pensar en ellos y es una de las cosas que más extraño. Esa alegría que me entregas cuando nos juntamos, pequeñas caricias que me encanta darte, lo nerviosa que te pones cuando las respondes.
Dame un beso. Sólo uno, pero uno largo, uno que dure hasta la próxima vez que te vea, cuando te pueda dar otro.
Dame un beso. No, dame muchos besos, de esos pequeños y tiernos que son casi fugaces, casi intangibles, pero que se sienten en el corazón.
Dame un beso, uno en la mejilla, uno en la pera, uno en la frente, uno en el cuello. Mejor varios en el cuello. Uno que otro en la oreja.
Dame un beso lento, un beso sexy, un beso que estremece tu cuerpo y te dan ganas de acelerar pero no lo haces, disfrutas. Acelera, cómeme, siente cómo se agita tu respiración, siente mis manos en tu cintura y en tu espalda, ven, entrégate al placer de este beso, olvida todo que nada más importa en este momento. Muérdeme y dime con gestos que quieres cada vez más, guíame y no pares. No dejes de hacerlo.
Dame un beso, deja de dármelo y mírame a los ojos. No te muevas, mírame. Siente cómo mi alma te da un beso en la frente, siente cómo mis ojos me regalan la bella imagen de tu rostro, la bella imagen de la mujer que quiero. Mírame y siente por qué te quiero tanto. Mírame y no te pongas nerviosa, relájate, que te quiero.
Dame un beso, mejor di que me lo prestas, así te tengo que dar uno de vuelta.
Dame un beso y no dudes en pedirme a mi lo mismo. Que tengo muchos para darte.
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